27 DE DICIEMBRE DE 2026

Cuando Lucas se presentó en el salón el 31 de diciembre con ropa deportiva, “¡listo para la San Silvestre!”, supe que había gato encerrado. Su padre, tan aficionado a esa carrera que no había faltado a la cita ni el año de la pandemia, ni cuando se rompió una pierna y completó el recorrido con muletas, llevaba diecisiete años esperando ese momento. Ya desde mi embarazo soñaba con transmitir su pasión a nuestro vástago, vivirla en su compañía. ¡Oh decepción!: nuestro retoño odiaba las carreras.
Mi marido había apelado al espíritu deportivo, a los beneficios del deporte para la salud física y mental, incluso había intentado sobornar a Lucas con un extra en su paga, sin ningún éxito. ¿Qué habría obrado el milagro?
El misterio quedó aclarado cuando un enorme cerdito de peluche con el dorsal 25 entró en la habitación gritando, con la voz de mi marido: “¡vámonos!”.