La carrera consistía en 1.500 metros -ni uno más, ni uno menos- por una carretera asfaltada en las dos direcciones. A su principal adversario le había dado una ventaja de un cuarto de kilómetro, lo que parecía un acto de generosa benevolencia, incluso de magnificencia, aunque quizás había algo humillante en el hecho de tratar a su contricante. No importaba. Sentía la soberbia del que hace favores, del prestamista del espíritu, de los músculos en plenitud. Sin embargo, nada más salir comprendió que algo no iba a bien. Su velocidad era la correcta, sus zancadas armoniosas. Había calculado que adelantaría a su oponente antes de llegar al kilómetro pero aunque la distancia se reducía progresivamente a la vez parecía como que el tiempo se alargaba hasta el infinito. Nunca nadie estuvo más sorprendido que aquel día, en la línea de llegada, Aquiles.