Soy un tramposo. Lo he sido toda mi vida. En la escuela me servÃa de chuletas durante los exámenes. En casa, culpaba de los destrozos a mi hermano pequeño o a Canelo, nuestro perro. Por eso cuando anuncié para impresionar a aquella estudiante griega de intercambio, que participarÃa en la San Silvestre, tenÃa claro que utilizarÃa algún atajo. Ya me veÃa, recibiendo las felicitaciones de Ariadna en forma de beso de tornillo, entre los aplausos del público arremolinado en la lÃnea de llegada cuando abandoné el recorrido para adentrarme en las calles salmantinas. Y aquà sigo todavÃa, perdido en un laberinto de callejuelas, sintiendo por momentos un bramido aterrador a mis espaldas.