27 DE DICIEMBRE DE 2026

Soy un tramposo. Lo he sido toda mi vida. En la escuela me servía de chuletas durante los exámenes. En casa, culpaba de los destrozos a mi hermano pequeño o a Canelo, nuestro perro. Por eso cuando anuncié para impresionar a aquella estudiante griega de intercambio, que participaría en la San Silvestre, tenía claro que utilizaría algún atajo. Ya me veía, recibiendo las felicitaciones de Ariadna en forma de beso de tornillo, entre los aplausos del público arremolinado en la línea de llegada cuando abandoné el recorrido para adentrarme en las calles salmantinas. Y aquí sigo todavía, perdido en un laberinto de callejuelas, sintiendo por momentos un bramido aterrador a mis espaldas.