No importa de qué lado llegue la contrariedad: todo le molesta hoy. Incluso ese trozo de exterior entrando por la ventana. Demasiada luz. Demasiada esperanza estéril. Corro la cortina, tironeo de las mallas y enfrento sus ojos de nuevo: su mirada traspasa la mÃa. Quedan pocos minutos. Debo darme prisa: la organización querrá hablar conmigo antes para arreglar lo de la placa. Respiro profundo y aparto un amago de reproche: ya es tarde para lamentos. Vivimos en ciudades distintas, eso es todo. Lo importante es que estoy aquÃ, y que me estará esperando, agazapada tras alguna esquina del recorrido o confundida en el griterÃo entusiasmado de la gente; o quizá camuflada entre latidos precipitados y violentos. Hoy estará aquÃ, en Salamanca, escondida, oculta, definitivamente perdida, la memoria de mi padre.