Aún me acuerdo el primer día en el que Erick y Joyce comenzaron sus clases de atletismo. Los dos eran unos niños. A veces, me encogía cuando veía que les costaba tanto acabar las carreras, ese nudo en la garganta cuando alguno quedaba en último lugar y fingías que todo estaba fenomenal, pero tu corazón lloraba por dentro. Nunca se me olvidará cómo Joyce, con su cuerpecito “redondito” era aplaudida cuando entraba en la meta mucho después de la penúltima clasificada. Pero ahora, Erick, ya federado, hace que me emocione y me llene de orgullo, no ya si gana o pierde. Veo su lucha, su tesón, su transformación de mente y cuerpo. Su valentía a la hora de aceptar nuevos retos. Eso es el atletismo. Hoy, tras la valla, a punto de comenzar la San Silvestre Salmantina, cuando escucho el pistoletazo de salida, respiro, sonrío y doy las gracias.