Aunque hacía frío aquella desnuda mañana, no me sentía incómodo. Quizás algo nervioso, porque no estaba solo, una gran muchedumbre me acogía entre sus invisibles brazos. La carrera era una buena excusa para recorrer la ciudad que me había acogido tan calurosamente, tenía la oportunidad de saborear sus calles y callejuelas, plazas y avenidas, siempre con ese olor a historia viva que desprende Salamanca. En el recorrido, saludé afectuosamente la fachada plateresca de la antigua universidad, la Plaza Mayor con su aire barroco, la imponente catedral gótica y el puente romano que se alza orgulloso ante el río Tormes; joyas de una arquitectura que te envuelve y te convierte en su prisionero. Además, cada zancada que daba, era un paso hacia esa sensación de libertad y soledad que acompaña a cada corredor, también cansancio y fatiga que se desvanecen en el aire en el momento de cruzar tan ansiada línea