En la San Silvestre Salmantina el dorsal es un documento republicano: anula títulos, nóminas y apellidos compuestos. El 402 es catedrático; el 403, repartidor; la del 1275 tiene setenta y dos, y un gorro con pompón; el 56 descubre que llegar ya es un verbo completo. Nadie pregunta marcas en el Puente Romano: basta con no frenar el río. La Casa de las Conchas vigila desde su fachada y da crédito a quien resopla. Los voluntarios de chaleco fosforito son más guardianes que jueces: a los rezagados les sellan una promesa de regreso. Cuando pasa el farolillo rojo — esa última pareja con capucha y sonrisa —, la ciudad entiende: llegar hoy es preparar la salida de mañana. En la Plaza Mayor se firma la meta verdadera: se aplaude al último hasta que se ríe. Por eso el dorsal se guarda como receta: “una dosis de nosotros cada 31 de diciembre”.