Sin zapatillas estiró las piernas contra el salpicadero. Remueve sin ganas la fiambrera con tallarines que cocinó la noche anterior mientras su padre conduce sin decir esta boca es mÃa y en batalla por bajar decibelios a la radio e imponer su música clásica.
Ambos se dirigen hacia la lÃnea de salida. Surge una señalización: que en menos de cien kilómetros llegarán a Salamanca. Y todos los nervios posibles se van acumulando en aquel habitáculo tras meses de entreno y series de fuerza, cuadrar horarios y robar tiempo a la vida para preparar aquella carrera: la San Silvestre.
– No tengo hambre – dijo al fin.
Una ganaderÃa de bravo a la izquierda del paisaje, con el pasto helado.
– Recuerda lo que te ocurrió el año pasado…
Suspiró.
Observó los tallarines rehogados en el aceite de una lata de atún, se palpó con fuerza los músculos de las piernas y masculló algo para sÃ.