“No podrás” sentenciaron. “Por favor, no lo hagas” suplicaron. Sólo ella había dicho “Tú puedes”. Quedaban apenas un par de kilómetros. Estaba asfixiado y el dolor punzante en el costado se le clavaba como un millar de agujas a cada paso. “Tú puedes” repitió en algún lugar de su cerebro el eco dulce de su voz. La rodilla le ardía, le martilleaba, pensó que se caería al siguiente paso. “Tú puedes”. Sentía el peso de las miradas: las de los niños que le señalaban sin pudor, las de las madres, repletas de compasión, las disimuladas, de reojo. “Tú puedes”. Y de pronto, estaba cruzando la meta. La pierna parecía a punto de estallar a la altura en que se unía a la prótesis. Sólo habían pasado seis meses desde el accidente, pero nunca se había sentido tan vivo. Ella tenía razón. Él podía. Y ahora tenía que buscarla para contárselo.