27 DE DICIEMBRE DE 2026

Mi balcón era el sitio ideal para contemplar a la multitud atravesar las calles salmantinas. Era forzosa mi cita en él, para desde allí, gritar orgullosa cuando pasara papá. Aquel hombre se nutría del fruto de sus piernas. Corría la San Silvestre desde hace 20 años, constante e inquebrantable, llevando mi fecha de nacimiento en su dorsal amarillo. En este año convulso las cosas cambiaron. En agosto lo perdí. Lo besé por última vez en el hospital, cuando ingresó desmejorado en la UCI. La próxima vez que lo vi, tras un insensible cristal, solo tuve segundos para despedirme. Aún conservo su dorsal, aquel simple número opaca todos sus trofeos. Lo llevaré en mi espalda, lo puedo jurar. Recorreré la ciudad con él, aunque me desvanezca intentándolo. Este año será imposible. Solo podré esperarlo desde el balcón, sonriente, y entre las calles vacía intentaré divisar su recuerdo.