Siempre era el primero en llegar. Mientras esperaba en la salida, trazaba el recorrido en su cabeza: calle Libreros, Ancha, el puente. Lo conocía de memoria.
Cada diciembre, el mismo ritual: buscar su dorsal, limpiar las zapatillas y contar los días hasta el 31. La carrera era su forma de medir la vida: él no contaba años, sino San Silvestres corridas. Pero esta vez, el médico fue rotundo. “No más carreras, Mariano”.
Sin embargo hoy, 31 de diciembre, vuelve a ser el primero en llegar. Esta vez no corre, solo camina. Y aún así, la ciudad lo recibe como siempre: los adoquines, las campanas, los gritos, los disfraces. Sonríe aliviado. Una manita se agarra a la suya.
–¿Te acompaño, abuelo? –Mariano asiente–. ¿Y tu dorsal?
–Te está esperando en casa. Ahora es tuyo