Cuando cruzó el puente, ya no sentía las piernas. El frío mordía, el corazón latía torpe, pero la ciudad seguía empujando con su aliento. A un costado, un niño agitaba una bufanda como si fuera una bandera, y ella sonrió, apenas. Pensó en todas las veces que había querido rendirse, en los años que el cuerpo se volvió más pesado y los sueños más cortos.
Pero aquella tarde no corría por marcas ni medallas: corría por lo que aún quedaba en pie dentro de sí.
Alzó la vista y vio el arco de meta. No era una línea de llegada, sino una promesa cumplida. Entró despacio, con lágrimas y risas mezcladas, y por un instante, creyó que corrían todos con ella.