Deportivas limpias, pantalón doblado y el dorsal sobre la camiseta, ligeramente perfumada. Quince años participando, preparándola con mimo durante meses, doce en realidad. Entrenando por caminos y parques. Al acercarse diciembre retiraba grasas y azúcares de su dieta, iba a la peluquerÃa y se cortaba el pelo ya encanecido. La noche anterior no dormÃa. Llegaba temprano. Saludos, ánimos, anécdotas. Saludos, nervios, más saludos… Calentaba, se situaba nervioso en las filas delanteras y comenzaba con su ritmo lento, constante. Le adelantaban… le adelantaban… le adelantaban… Entonces aparecÃa, le miraba y sonreÃa, como si el cansancio no fuese con ella. Hechizado, devolvÃa la sonrisa y realizaban la carrera juntos, sin hablar, acompasando su corazón, mirándose a los ojos, sonriendo durante casi diez mil metros, hasta que la lÃnea de meta los despertaba. Los felicitaban por separado, y la luz de sus ojos se apagaba lentamente hasta la próxima San Silvestre Salmantina.