Tan sólo cien metros hasta el final. Una distancia de no más de quince segundos pero que para él, un huérfano refugiado en la calÃgine de las drogas, significaba decidir como antaño hizo. Rendirse o no. Seguir luchando o claudicar ante los incipientes pero fugaces deseos del cuerpo y la mente. No podÃa perder otra vez. DebÃa aguantar, seguir corriendo y acostumbrar a su cuerpo a su nuevo y sano estilo de vida. Correr se habÃa convertido en una desintoxicación total de cualquier problema; un impase en el momento que él eligiera con el fin de respirar aire puro. De no pensar. De superarse. De derribar ficha a ficha todo un dominó de tentaciones y malos caminos que, si lograba esquivar, lo llevarÃan a una realización completa y al tan esperado reencuentro con su yo interior. Algo que le llevarÃa a fortalecer hasta lÃmites inimaginables su fracturado espÃritu.