Se acercó el hidalgo hasta Rocinante, tras haber atravesado la meta. Allà le aguardaba Sancho, que le ayudó a montar . Reemprendieron el camino de regreso a La Mancha, no sin antes mirar hacia atrás, mientras se producÃa la entrega de galardones. En los ojos tistes de Alonso Quijano, se vislumbraba la pena y esa melancolÃa, de quien añora una tierra que aún no ha abandonado.
―Último, Sancho, he llegado el último.
―Ya sabe lo que se dice mi señor, lo importante es participar ―le alentó el orondo escudero.
―Además, huÃan de mà ―continuó lamentándose Don Quijote.
Sancho miró a su señor con la mirada templada por la determinación.
―¿Quiere usted que no le rehúyan y quedar en mejor posición en la San Silvestre?
―Más que nada en la vida.
―Pues el año que viene me entrena, corre sin la armadura y, sobre todo, deje la lanza sobre el rocÃn.