Una multitud de cuerpos se apelotona en la lÃnea de salida. La carrera va a dar comienzo.
Ella está en un rincón apartado, teme mezclarse entre ellos y salir malparada.
Se siente diminuta, poca cosa, insignificante.
Sabe que no tiene ninguna posibilidad, conoce perfectamente sus limitaciones, aún asÃ, no cejará en el empeño de terminar lo que está a punto de hacer.
El silbato activa los tÃmpanos de los participantes y enciende la adrenalina de cada poro de su piel de cristal translúcido, débil, sudoroso.
Todos empiezan a correr.
Y ella, asomando tÃmidamente sus ojos acuosos por el borde de sus antenas, se pone en marcha lentamente, dejando un rastro húmedo de esperanza y tesón, arrastrando una mochila donde esconde lo más profundo de su ser.
La pequeña hembra de caracol pondrá rumbo hacia la meta salmantina con el firme propósito de sobrevivir un dÃa más, una carrera más.