Su oscuridad me persigue cada día. Lastrando mis zapatos por una senda de grisura interminable. De casa a los pliegos de mi negociado. De allí, a la delegación de Hacienda. Los fines de semana, al pueblo de mis padres.
Sin embargo, una vez al año, en la San Silvestre Salmantina, consigo deshacerme de ella. En la aglomeración de corredores que se agolpa en la salida, la mía y la del resto se confunden. Aprovechando el desconcierto, cuando arranca la carrera, salgo disparado, alejándome con todas mis fuerzas.
Entonces sorteo adversarios ansiosos de inmolarse y fauces que vomitan carne cruda y centauros zainos y calaveras enfermas de ceguera y lobos sin conciencia y el ojo de un cíclope llorando arcilla líquida.
Cuando llego a meta, me está esperando. Sin apenas dejarme recuperar el aliento, vuelve a pegarse a mí. Recordándome que todavía tengo que comprar los langostinos de la cena.