Un frÃo de escarcha perfila el cuerpo de Antonia, entumece sus labios, enciende el rubor en sus mejillas. La emoción se alberga en una mirada que se desliza por la cuesta del palacio de Congresos. Una mirada esclava del compromiso por el que interviene en la carrera. No ha sido por solidaridad, ni por divertirse, tampoco por cobijar en el pecho la gloria de la victoria. La plaza Mayor aguanta el frÃo con la hermosura inerte de sus soportales. La bajada de san Pablo y el puente Romano se enredan con los vientos prematuros del invierno. Hasta que, al fin, llega el descanso, esa tregua satisfecha que concede el fin de tanto esfuerzo. Un esfuerzo deseado, lenitivo, ofrecido a su abuela Carmen. SÃ, la anciana ha regresado a casa después de permanecer casi tres semanas en el hospital.