HacÃa tiempo que no me sorprendÃa de esta manera. Me vi rodeado de gente que era auténtica. Que iba disfrazada de lo más Ãntimo, de la extravagancia más humana. Contemplé, con la misma admiración que si estuviera en la Capilla Sixtina, que cada persona disfrazada de sà misma, de lo más auténtico que es, aceptaba en su diferencia al que tenÃa al lado, porque cada uno sacaba lo mejor de sÃ. Todos Ãbamos corriendo y aunque parezca paradójico hoy en dÃa, Ãbamos hacia la misma meta. Y por si no fuera poco, ¡contentos por ir dirigidos hacia el mismo fin! Una vez llegada a la meta, cuando llegaba a casa volvà a levantar la mirada y vi un mundo roto, donde la diferencia era un muro, no una riqueza. Y comprendà que a este mundo le hace falta más San Silvestres Salmantinas.