Don Ãlvaro cumplÃa setenta y cinco años cada diciembre desde hacÃa una década, como si el tiempo se hubiera detenido en sus huesos, igual que el musgo en las piedras coloniales de Salamanca. Cada San Silvestre, con obstinación heredada, se amarraba sus viejos tenis y salÃa a “correr†por las calles empedradas. Aquella mañana, Conchita, la chismosa del barrio, lo divisó estirando los tobillos.
—¡Don Ãlvaro! ¡No le da vergüenza! —le gritó, abanicándose con el delantal—. ¡Esa carrera es para gente joven, no para fósiles!
Sin perder la calma, el viejo se ajustó la bufanda y lanzó una carcajada que retumbó en toda la plaza.
—Conchita, a mi edad, correr es más un acto de fe que de velocidad. Pero le digo algo —se estiró para mirar al cielo— Si San Pedro me busca, que tome asiento: hoy tengo que darle al tiempo un nuevo tirón de orejas.