Faltaban minutos para la carrera San Silvestre Salmantina, cuando noté una molestia en los pies y decidí descalzarme. Dejé las zapatillas en un banco y me senté en el suelo para hacer unos estiramientos. Cuando quise volver a calzarme, las zapatillas ya no estaban.
–¡Qué horror! –exclamé.
–¿Qué sucede? –respondió otro corredor.
Le expliqué lo sucedido e insistió en dejarme una de sus zapatillas.
–Así podrás correr a medias y compartiremos la experiencia –dijo.
Un grupo que teníamos al lado, por solidaridad, decidió correr también con una sola zapatilla, y la idea se contagió hasta llegar a todos los corredores.
Cuando el juez de salidas llegó, se quedó atónito.
–¿Por qué vais todos semidescalzos?
Al explicárselo, empezó a reírse.
–¿Por qué se ríe? –preguntamos.
–Las zapatillas las he cogido yo y las he llevado a objetos perdidos, ¡No quería que nadie se quedara sin zapatillas justo antes de la carrera!