Descalzo, en continuo contacto con la tierra, va dejando en cada pisada la impronta de sus pies. Sudoroso avanza con el único afán de llegar a la meta, no importa en qué lugar. Agitado, siente en sus sienes el pálpito de su corazón. Respira, inspira, adecúa sus latidos a la marcha, jadea, su voz interior le anima; el aire salmantino besa su cara y se mete en sus pulmones, la brisa del Tormes refresca su cuerpo.
Descalzo, en continuo contacto con la tierra, se siente parte de ella y de ella recibe el impulso para seguir adelante. Ha conseguido su sueño: correr la San Silvestre salmantina y también su premio: su satisfacción personal.