A la altura de la Avenida de Mirat los corredores chapoteaban sobre una lámina de agua, envueltos en un ruido que anulaba los ánimos emergentes bajo los paraguas de familiares y aficionados. Feliciano cerraba un pelotón de una docena de participantes. Sus deseos para el nuevo año ya se habían cumplido. Salir de prisión, acabar su condena, sentir la lluvia fuera de la cárcel. Correr, pero no escapar. Vivir su particular soledad del corredor de fondo. Al llegar a Puerta de Zamora, un charco grande e inesperado deshizo el grupo. Al tropiezo general sucedieron las caídas de varios atletas, y Feliciano se detuvo a socorrer a uno. Era el policía que lo había arrestado en el pasado, tras perseguirlo y gritar su nombre. Tiempo después la carrera era otra. Y en la meta, ese “Feliciano” imperativo se convertiría en un “feliz año” a la hora de la despedida.