Me encaminé hacia el señor RamÃrez. Con sus ya noventa años, yacÃa en primera fila de la San Silvestre Salmantina, animando a los participantes. Llevaba más de media hora de pies. Le tendà el bastón que habÃa dejado olvidado en el Toscano al desayunar aquella mañana. Lo rechazó. -Hijo, déjame disfrutar de esta carrera como lo hacÃa cuando era un jovencito, no me recuerdes ahora mi vejez y mis problemas para caminar-Me reprendió. Le observé, sorprendido. -¿Usted veÃa esta carrera de joven?-Pregunté, curioso. -Hijo, yo no la veÃa, la corrÃa. Uno de los placeres más grandes de esta vida. Fue un honor participar en esta carrera-.
Jamás habrÃa sido capaz de adivinar que él concursó en esta carrera. Tan frágil y mayor que se veÃa. Se dirigió hacia mà una vez más. -InscrÃbete al año que viene. Una experiencia asà no puedes dejarla pasar. Corre ahora, que puedes-.