En cuanto se da la salida, pongo pies en polvorosa. No va a llegar a mi altura, llevo semanas preparándome. Giro la cabeza a la derecha y observo con tranquilidad que hay una distancia considerable. Consigo mantenerla hasta el ecuador de la carrera, cuando mis piernas comienzan a flaquear. Le pido fuerzas a San Silvestre, parece escuchar mis súplicas; pero, a falta de trescientos metros, mi respiración pierde fuelle. Será la ansiedad de que se acerque, no quiero hacer el ridÃculo ante Salamanca entera. Por suerte, consigo llegar antes, ¡y primero! Al poco llega mamá, exhausta, cargada con un botiquÃn, tres botellines, mi toalla… No sé si estoy más contento por ganar o por haber evitado su exagerada asistencia en carrera. Como me ha prometido que el año próximo dejará de correr junto a las vallas del recorrido, le permito que me dé un beso, delante de todos.