El aire frío de la mañana se mezclaba con el aroma de la tierra mojada y los murmullos emocionados de los corredores. En la plaza Mayor de Salamanca, Ana apretaba los cordones de sus zapatillas, sintiendo un nudo de emoción. Hoy corría la San Silvestre Salmantina, pero no por la marca ni por el tiempo: corría por cada sonrisa que le había acompañado durante el año.
A su alrededor, las manos se entrelazaban en ánimos silenciosos, los pasos resonaban como un corazón colectivo y los niños agitaban banderines con ojos brillantes. Cada zancada era un recuerdo, un abrazo invisible a quienes ya no estaban, una promesa de fuerza al año entrante y agradecimiento al que dejaba atrás.
Cuando cruzó la meta, no había victoria más grande que la de sentirse parte de algo que unía generaciones, que celebraba la vida, la perseverancia y la emoción de cada instante.