El licenciado Vidriera salió de su ataúd el último domingo del año. Salamanca se despertaba igual ante sus ojos. Los palacios, plazas y conventos. La universidad en la que estudió. A lo lejos oyó un disparo. “¡Vándalos! ¡Ladrones!”, gritó. Se dirigió valiente al lugar del que provenía el tiro. No había muertos. Una gran pancarta anunciaba: “San Silvestre Salmantina”. Todo el poblado se había reunido allí. Los números colgaban de cientos de personas corriendo. “Una nueva filosofía”, pensó el muchacho, “matemáticas y deporte”, al tiempo que contemplaba un ambiente festivo y amical, de esfuerzo y satisfacción. Paseó reflexivo hasta el río Tormes, donde se tropezó con dos caballeros. “¿Honrarás a tus padres con tus estudios?”, le preguntaron. “No”, respondió Tomas Rodaja, “les honraré participando en esta competición”.