Estaba atándole los cordones cuando salió con aquella ocurrencia.
-Papi, ¿también hay una carrera que se llama San PiolÃn?
-¿Cómo? -respondÃ.
-Si esta es la San Silvestre, con más razón habrá una del pajarito, ¿no? Es a él al que persigue el lindo gatito -argumentó.
-Pero a nosotros no nos persigue nadie, cariño.
-¿Y eso qué tiene que ver? -contraatacó.
Razón no le faltaba. En todo.
Ya preparados para la salida, me acordé de él, que me habÃa inculcado la tradición de correr esta carrera en familia. Y no pude sino sonreÃr, con amor no disimulado. Algunas preguntas comprometedoras más tarde, la carrera arrancó y miré a Jorge, que salió como una centella hacia adelante.
-Vamos, papá. ¡Me pido PiolÃn!
-¡Ven aquÃ, pajarete! -grité mientras corrÃa hacia él, con una intensidad media para no llegar desfondado a la meta.
Y en esta ocasión lo pillé.
Este niño está para comérselo.