El frío penetraba en mis huesos. Rondaba la media noche. Con la respiración alterada, carente de aliento, podía ver reflejadas las lúgubres calles salmantinas en el suelo encharcado. La lluvia se deslizaba por mi cara, burlándose de mí. Todo estaba en duda, salvo esa frase grabada en mi piel “Lo conseguiré, esta vez es diferente”. No dejaba de repetírmelo por dentro. Desde el Paseo de San Antonio hasta la Avenida de los Comuneros mirando el rostro de esas personas que antes me veían como algo insignificante y ridículo. Ahora era distinto sin aquella silla de ruedas. No había pomada, linimento ni masaje que quitara aquella caprichosa sensación de júbilo y melancolía, frío y calor, fortaleza y debilidad a la vez. Así amaneció indiferente junto al Tormes, un 31 de diciembre con un obsequio y una esperanza. La vida me brindaba una segunda oportunidad. ¡Era el día de mi prueba!