—¡Que me lo matan!
Cuando lo vio cruzar la carretera y perderse después entre las calles, salió corriendo en su busca.
Corrió a través de las calles por las que debÃa haber pasado, intuyendo la dirección correcta, pero no lo encontraba. De repente, una gran multitud apareció delante; iban todos corriendo, vestidos de muy similar manera. Como no tenÃa tiempo que perder, se coló entre ellos, esquivó los cuerpos sudorosos, corrió y corrió más rápido que los demás, hasta dejarlos tras de sÃ, hasta llegar a una especie de arco, donde al pasar rompió una cinta colocada a media altura.
Al otro lado le esperaba lo que más querÃa en el mundo.
—¡Bigotillos!
Bigotillos ladró y dejó que su amo le acariciase debajo del hocico.
—¡Qué susto! Por poco te pierdes. Si tú supieras la de gente que habÃa hoy en Salamanca…