Se lo habÃa prometido, en el mismo instante en el que le tocó debatirse entre el sufrimiento infinito y la calma eterna, le aseguré que lo harÃa por él y con él.
Juntos lograrÃamos cruzar la meta de su San Silvestre del alma, atravesarÃamos el puente romano donde tantas veces vimos ponerse al sol sobre la catedral, recorrerÃamos la plaza mayor en la que despedimos el que creÃamos el peor año de nuestra vida, y llegarÃamos al paseo de San Antonio que habÃa sido testigo de su esfuerzo y afán de superación a lo largo de los años.
Se lo habÃa prometido… y aunque su cuerpo se habÃa ido, su alma siempre volará conmigo.