Este año me he apuntado con Elena y los niños, pero han debido poner normas nuevas porque, de todos los atletas que estaban calentando, solo han permitido salir a los que íbamos de rojo, verde, amarillo o azul, y, de esos, solo a los dorsales que comenzaban por cinco.
Quique, el tonto de mi vecino, de amarillo chillón, viene siguiéndonos, pero la meta ya está a la vista. ¡Venga, puede que lleguemos entre los primeros de nuestra categoría!, le digo a Elena.
Después, al ver entrar a Julito, de pronto siento una fuerza extra y doy una, dos…, diez enormes zancadas, como saltos de gigante. ¡Ha sido increíble!, ¡ahora podré quedar entre los primeros de la general!, pienso, sin terminar de creérmelo.
Sin embargo, al mirar atrás, veo al imbécil de Quique comiéndose a mi mujer. Y dando veinte descomunales brincos, para adelantarme y llegar, sonriente, a la meta.