Llegar puntual. Saludar a la gente. Conversar animoso de todo y de nada. Calentar, concentrarse, correr. Sentir la brisa en la cara. Apreciar la libertad. Notar el jolgorio de la gente, llenando calles, plazas, esquinas, y rincones, rompiéndose las palmas con entusiasta algarabÃa. Ir cubriendo terreno, ir ganando puestos. Pasar junto a mi catedral, con su torre del reloj acariciando el cielo. Atravesar mi puente romano, de piedra milenaria. Transitar mi plaza mayor, la más bonita del mundo. Disfrutar de mi ciudad, y traspasar la lÃnea de meta orgulloso de haber completado una San Silvestre más, y ya no sé ni cuántas van.