Desfallezco y eso que todavÃa estoy por San Pablo. Prometà acabar la San Silvestre, pero mis músculos, ardiente gelatina, anhelan mi fracaso. Renqueante, me arrastro frente al Huerto de Calisto y Melibea, donde juré amor eterno mientras las sombras de los árboles adornaban su belleza. Imagen salvadora que me avitualla en una efÃmera tregua. El recuerdo de aquellas sábanas blancas, sudarios de mi débil voluntad donde se fraguó mi traición, me vuelve a derrumbar.
Agotado, dejo atrás a un Lazarillo acusador mientras mi pie izquierdo huella primero las milenarias piedras del Puente Romano. ¿Estarán allÃ? Ni siquiera puedo levantar la vista. Quiero rendirme. De pronto escucho un vÃtor. ¡Es él! ¡Han venido! Renacen mis fuerzas mientras giro a la derecha y los veo. Hay orgullo en los ojos de mi chaval y en los de ella, algo que lucharé por comprender. La meta está lejos, pero sé que la alcanzaré.