Suena un disparo, el primero que oigo sin temer por mi vida, y todos nos lanzamos a la victoria como un solo hombre. Algunos tramos son tan estrechos que apenas hay espacio, pero no hay que sortear cadáveres ni campos de minas y el único peligro es tropezar con otras piernas. Desde niño tuve que aprender a correr más rápido que las balas y sin darme cuenta soy el primero. Me rodean preciosos edificios de piedra en vez de chozas en llamas, oigo aplausos y aclamaciones en vez de bombas incendiarias y llantos de madres desconsoladas. Siento que estoy flotando en un sueño y no quiero que se acabe. Aflojo el paso para prolongar esta maravillosa sensación de pertenencia. Los demás corredores ganan terreno y todos me van superando. Alguno se gira para mirarme sorprendido. ¿Será porque estoy sonriendo aunque vaya a ser el último en llegar a la meta?