27 DE DICIEMBRE DE 2026

El frío de Salamanca no avisa; muerde la piel y se instala en los huesos. Pero en la salida, lo único que importa es el vaho.

No es sudor, es aliento.

Veo mi nube de vapor y, por un instante, es la misma nube que exhalé el año pasado, y hace diez. Es el aliento de mi padre en esta misma cuesta, hace treinta. Miles de corredores respirando al unísono, creando un fantasma blanco que avanza sobre el asfalto mojado.

En la San Silvestre, nadie corre solo. Corremos empujados por el eco de todos los que alguna vez condensaron su esfuerzo contra el aire de diciembre.

Llegamos a la Plaza. El vaho se disipa. La memoria queda.