El arresto domiciliario y la destitución no duelen. Duele el horror. Mi patria, que es decir mi corazón, barrida por una ola de barbarie. Se gritan vivas a la muerte y muertes a la inteligencia.
Desde la ventana alcanzo a ver un vÃtor, el viejo signo de victoria de los estudiantes. Celebraban la vida, la inteligencia, poder entender el mundo y entenderse. Quizás algún dÃa en esta Salamanca, en esta España que nos duele, en vez de la muerte se vitoree la vida, bullente y diversa. Quizá la multitud pueda reunirse para algo que no sea agitar banderas rugiendo contra los otros. Como en las treguas olÃmpicas de la Grecia Antigua, que los atletas solo aspiren a vencerse a sà mismos.
Hoy, al amanecer del 31 de diciembre de este año maldito, dibujo con sangre de mi corazón un vÃtor que diga Miguel de Unamuno, y debajo, mi esperanza.