27 DE DICIEMBRE DE 2026

Pablo se situó en la salida, agachó la cabeza y cuando levantó la mirada vio a un viejecillo entrañable realizar los estiramientos que preceden a cualquier carrera, unos estiramientos modestos, eso sí, los que le permitían sus maltrechas articulaciones.
-¿Cuántos años tiene?- le increpó. –Ochenta y dos-. – ¿Va a correr?- quiso saber Pablo. –Ya lo creo que voy a correr, joven-. – No quisiera entrometerme, pero creo que es demasiado arriesgado. – Curioso el ser humano- sentenció el anciano. Y añadió: -se pasa décadas amedrentado, lamentándose. Ustedes son jóvenes, deberían demostrar más valor que los que estamos criando malvas, y, sin embargo, el ruido de una mosca los asusta. Cuando se es viejo, al revés, se tiene el arrojo suficiente, pero le fallan a uno las piernas. Paradójico, ¿verdad? Ahora bien, déjeme decirle una cosa muchacho: no me cambio por ustedes, sin la voluntad no se va a ningún sitio.