Recuerdo perfectamente, mientras corro, aquellas tardes otoñales color oro. Entre sorgo y cebada pasaban las horas al ritmo de nuestros tarareos.
“Salamanca, la blanca,
¿quién te mantiene?†decÃa él.
“Cuatro carboneritos
que van y vienen†decÃa yo.
Los dos alegrábamos las callejuelas y balconadas del barrio al regresar con tesoros. Para cuando entrábamos en casa, abuela ya tenÃa en la mesa un buen plato de chanfaina. El brindis, bendecido siempre, se hacÃa recitando al unÃsono “Veni, vidi, viciâ€.
Palabras mágicas que interconectarÃan generaciones de por vida. Como bien me enseñaron, yo enseñaré.
Son las 23:50 del dÃa de San Silvestre. Hago el recorrido yo sola. Sola no. Él viene conmigo. Miro a diestra y siniestra, al fin y al cabo, lo que voy a hacer es ilegal. Pero se lo prometÃ.
Rezo en alto “de Silvestre a Silvestre, bajo los ojos de Julio César. Veni, vidi, viciâ€. Cenizas al aire.