27 DE DICIEMBRE DE 2026

Recuerdo perfectamente, mientras corro, aquellas tardes otoñales color oro. Entre sorgo y cebada pasaban las horas al ritmo de nuestros tarareos.

“Salamanca, la blanca,
¿quién te mantiene?” decía él.

“Cuatro carboneritos
que van y vienen” decía yo.

Los dos alegrábamos las callejuelas y balconadas del barrio al regresar con tesoros. Para cuando entrábamos en casa, abuela ya tenía en la mesa un buen plato de chanfaina. El brindis, bendecido siempre, se hacía recitando al unísono “Veni, vidi, vici”.

Palabras mágicas que interconectarían generaciones de por vida. Como bien me enseñaron, yo enseñaré.

Son las 23:50 del día de San Silvestre. Hago el recorrido yo sola. Sola no. Él viene conmigo. Miro a diestra y siniestra, al fin y al cabo, lo que voy a hacer es ilegal. Pero se lo prometí.

Rezo en alto “de Silvestre a Silvestre, bajo los ojos de Julio César. Veni, vidi, vici”. Cenizas al aire.