Cuando conocí a Vera —te llamas como mi prima, bromeé— no imaginé que me vería en estas. Lo pienso mientras paso por la plaza Mayor, con el corazón queriendo salírseme del pecho. Y no de emoción —que también un poco— sino por la paliza que me estoy dando corriendo. Vera es toda una atleta y yo ni siquiera corro cuando pierdo el autobús. Pero, claro, le dije que sí, que entrenaba a diario, que me encantaba; el amor es así… de estúpido, pienso mientra enfilo por el puente romano. La catedral se recorta contra el cielo y siento que me voy a caer redondo. No sé cómo, consigo llegar hasta la plaza de Anaya y allí el cielo se precipita sobre mí con estrépito. Cuando despierto, Vera está a los pies de la cama y me mira con ternura. “Por qué…”, dice bajito. Y yo prefiero seguir haciéndome el dormido.