Victoria siempre salÃa de casa de su abuela con nuevas monedas en el bolsillo y las mismas advertencias en los oÃdos; y conforme aumentaban sus ahorros, también lo hacÃan sus miedos.
Muerta la abuela, una madrugada, enfrentándose decidida a las sombras que preceden al dÃa, la joven se acercó a la ciudad. Un cartel con nombre de santo llamó su atención. Cerca del rÃo Tormes, entró en una zapaterÃa y compró unas flamantes deportivas rojas.
Moviéndose veloz sobre sus zapatillas y rodeada de gente que compartÃa la misma afición, en poco tiempo se sintió renovada, logrando dosis inesperadas de confianza y seguridad en sà misma.
Cada año participa en la San Silvestre Salmantina y dedica la carrera a su abuela. Lo que más siente es no poder contarle que gracias a sus monedas se animó a correr. Y que en sus deportivas ya no hay sitio para el miedo.