Quizás fue que nadie nunca le habló de metas. Jamás. Ni siquiera cuando apenas era un puñado de pecas entre rizos dorados, ni cuando creció y fue risa y voz grave. No cuando cayó, ni cuando falló, ni cuando nada. Nadie, nunca, se atrevió a mirarle de frente y decírselo. Algún día tendrás que parar. Vas a cansarte. La vida podrá contigo.
Quizás fuera eso lo que le hizo inmortalmente valiente, sencillamente eterno. Tal vez lo que le llevara a correr fuera que simplemente quería hacerlo. Y nada más. Supongo que quizás fuera que su alma ya corría dentro de su cuerpo, y que era cuestión de tiempo que él también acabara por hacerlo. Qué se yo.
Sólo que aquel 27 de Diciembre despegó, y voló, entre el invierno y el mundo y la gente. Y fue Navidad, y fue mágico. Porque estábamos vivos.