Los reflectantes se nublan y a mi vista solo queda la imagen de una mujer octogenaria. Quizá sea la única persona tan indignada con el bullicio como yo: en los entrenos habÃa marcado un buen tiempo. Por un momento, parece que voy a desfallecer.
– ¡Toma, un poco de agua!
Para mi sorpresa, es la señora quien viene a socorrerme. Naturalmente, le agradezco sus esfuerzos y continuo mi carrera. En mi interior, sin embargo, una brizna de malicia se pregunta por qué la mujer lleva chándal. ¿Querrá sentirse una chavala otra vez? Cuando vuelvo a levantar la cabeza, me es imposible verla. Deduzco que habrá regresado a su casa.
No obstante, cuando cruzo la meta una hora después, la vislumbro sentada en un portal. Su obsesión con sentirse joven me empieza a hastiar. Al acercarme, me llama para comentarme su tiempo. ¡Tonto de mÃ! Hace más quien quiere que quien puede.