Dos metros cuadrados, remanso de paz. Dos viejas, eternas catedrales. Dos tiempos, el de la luz y el de las sombras. Y una cinta elástica, cual faro vigía, centinela y razón entre la multitud. El silencio opaco de una gafas de sol fronteriza el jolgorio salmantino y la navidad de los ciegos.
Lo fui todo hasta que la diabetes traidora me robó los caminos. Y una tristeza sin fin, cavernaria, los campos charros que tanto pateé. Recuerdos que se agolpaban de aquellas «SanSilvestres» pioneras, cuando correr era cosa de locos o románticos.
Hoy las aristas húmedas del Tormes, con sus estrellas en reflejo imaginadas como a los antiguos navegantes me guían, y casi en volandas, en estos dos metros que el tumulto me regala, pasillo sin un roce, sin un trompicón, vuelvo a la libertad. La mano amiga tira de mi, alguien aplaude.
Vivo, de nuevo, en la mañana salmantina.