Que la meta no es el final, le habÃa dicho su padre. Se lo repetÃa siempre, como una taladradora. Y venga y venga con que si la meta no es el final. Vaya desconcierto de frase, pensaba. Y por eso, el dÃa de la maratón no se conformó con cruzar la lÃnea de llegada. Ni siquiera alzó los brazos ni dibujó en el aire con los dedos el signo de la victoria. Cruzó la meta el primero, salió del estadio, de la ciudad e incluso del paÃs. Y ahà sigue, corriendo y corriendo: que la meta no es el final, eh. Y ha llegado a ese punto en el que resulta difÃcil, casi imposible, volver la vista atrás.