Tantas zapatillas rotas, tanto sudor malgastado en metas que se alejan dos pasos por cada uno que tú das, tantas heridas en las rodillas y tan pocas segundas oportunidades. ¿Y ahora qué? ¿Ha merecido la pena? No lo sé. No sé cuánto tiempo hace que empecé a correr. Tampoco sé de qué huía. O qué quería alcanzar. Nuestros propios límites; el sabor de una derrota o el tacto de una palmadita en el hombro tras tu enésimo fracaso. Cada vez que me decían «la próxima vez habrá más suerte» yo pensaba que qué demonios entendían ellos por ganar, por tener suerte. A mí me alimentaba el no saber cuál sería mi último paso; mi primera vez, mi primer podio. La primera lágrima al cruzar la meta. El siguiente trago de agua. Con la meta al fondo lo entendí. Correr no es tan diferente de vivir, tú decides el siguiente paso.