En la biblioteca de la Pontificia supe que Yumi corría. Venía de Kioto, hablaba bastante bien castellano y quería saber qué era eso de acabar el año “sudando en piedra dorada”. La apunté a la San Silvestre. Le expliqué el puente, la Moneo, la Plaza Mayor que grita tu nombre sin saberlo. También le dije, como Fermín Cacho, que primero manda la cabeza; y como Abel Antón, que se gana llegando. Salimos juntos. Al pasar junto a la Catedral juntó las palmas en el aire, como pidiendo algo. En el Paseo de San Antonio me ofreció la mano para entrar. Dejé de pensar en los tiempos, en las series, en la marca. La tomé y cruzamos. Luego ella dibujó tres kanjis sobre mi dorsal, mientras yo le escribí: “Ya soy de Salamanca”.