En la San Silvestre Salmantina, el último corredor en cruzar la meta, levanta los brazos como un héroe, anunciando su victoria. Los periodistas lo rodean por ver que pantomima es aquella; los espectadores se rÃen.
Se quita sus zapatillas marca «tórtola», que después de diez kilómetros presentan dos troneras en las suelas. Por allà las plantas de sus pies lamen el suelo.
—Mis zapatillas no fueron las adecuadas— dice.
Toma su pulso con dos dedos en la muñeca. En estado de reposo sus pulsaciones son de ochenta por minuto, demasiado para un atleta.
Después arroja sobre el pavimento dos hermosos puñados de piedras que han corrido con él en los bolsillos del pantalón corto. Finalmente dice:
—Alguien ha hecho mejor tiempo que el yo, pero yo he superado el mayor número de obstáculos. Yo he vencido.