Nunca he corrido. O sí, pero siempre con la vergüenza pisándome los talones. Me incomoda cómo se mueve mi cuerpo, cómo el aire me abandona a mitad del intento. Sin embargo, cada diciembre me acerco a verles: los que corren sin miedo, con el corazón en llamas y las mejillas encendidas por el frío. Desde la acera los miro pasar y siento que algo en mí también se pone en marcha. Hay belleza en quien corre sin esconderse, en quien no teme al temblor ni al juicio. Quizá correr sea eso: reclamar tu lugar en el aire, desafiar el pudor del cuerpo y dejar que la vida te mire. Yo no corro, pero cada San Silvestre, cuando ellos cruzan la meta, siento que una parte de mí también ha llegado.