El frío de diciembre mordía, pero nadie lo sentía.
Salamanca entera latía al ritmo de las zapatillas. En cada zancada, una historia: el que corre por superarse, la que lo hace por alguien que ya no está, el niño que descubre que la meta también puede ser un juego.
No importan los cronómetros, sino las sonrisas que se cruzan en cada curva. Al llegar a la Plaza Mayor, todos son uno solo: esfuerzo, amistad y alegría. Porque en la San Silvestre, más que correr, se celebra la vida.